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Componedora de huesos ¿destino o habilidad?

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La pequeña localidad de Isla de Maipo queda a una hora en un bus interurbano desde Santiago. Algo más alejado del centro, se encuentra la población Lo Herrera. Entre muchas casas casi de igual aspecto, hay una que destaca. En su entrada, plantas y flores adornan una gruta de la Virgen de la Merced. Una señora de apariencia mayor camina por este santuario. Mientras lo hace, dice que, antes que todo, no sabe explicar el trabajo que realiza. Es Bernarda González, la componedora de huesos más solicitada del sector. Aquí es donde recibe diariamente entre 4 a 6 personas con problemas de “zafaduras”, esguinces u otras lesiones, para intentar, mediante sus manos, darle un alivio a estos dolores.

A pesar de que su apariencia representa más que sus 42 años, desde los 18 que realiza esta “traumatología distinta”. No niega que a veces ha querido dejar de hacerlo, cansada de tantos dolores que le ha tocado vivir. Porque asegura que para continuar, se ha tenido que zafar y quebrar; estos malestares, en su modo de ver, son enviados por Dios, para que viera lo que sufre la gente y así no rechace este “don”.

González cree que un caballero andante, como lo describe, que por años pasó por su casa, fue el responsable de dejarle esta habilidad, para saber exactamente dónde está el hueso que hay que arreglar. La última vez que lo vio, a su marido se le zafó su rodilla y él, sin que lo llamaran, acudió para arreglarla. Le decía que se fijara cómo él lo hacía para que aprendiera. Para que cuando tenga más edad, no tenga que salir a trabajar. No vio qué movimiento hizo, solo cómo tenía puesta sus manos. Después que supo de su muerte, salió a trabajar en otras cosas. Nunca fue su intención dedicarse a esto.

Aunque de cuánto cobra por lo que realiza no quiso referirse, solo que depende de la situación económica de la persona, ahora ya puede vivir de esto. Comenta, que atiende a personas de todas las edades. Bastante común son los niños que van hasta dos o tres veces por semana con problemas en los hombros, por culpa de la “flojera” de las mamás de no levantarlo de la cintura. Lo que les puede causar un daño permanente, si son muy pequeños, en sus articulaciones.

“Acá siempre viene gente, preguntándome si les puedo enseñar. Yo les digo que no les puedo explicar, porque a mí no me lo explicaron. A mí no me lo enseñaron. Fueron solo mis manos las que se fueron”, dice González sobre sus inicios en esta labor.

-Después de este episodio con el andante, ¿cómo descubrió la habilidad que tenía? 
-Cuando andaba con las compañeras, porque cuando uno anda en el campo uno salta la acequia y el pie te hace así (hace un gesto de torcedura con el suyo). Y ahí quedaban botadas en el suelo, gritando que le dolía, a donde se le corrían los huesitos del tobillo. Les decía vengan para acá, yo les voy a arreglar. Les agarraba el pie y las manos se me iban solita a donde estaban los huesitos. Y se los metía, ni siquiera las vendábamos. Y salían así a trabajar. Así me fui, pero yo lo hacía por jugar…a dónde iba a saber. Igual que cuando están trizados, yo les toco, y percibo la trizadura. Les digo tienen en tal y tal parte, pero ahí yo no puedo hacer nada. Porque ahí yo ya no me meto más.

-¿Ahí comienza el trabajo de un kinesiólogo o traumatólogo?
-Ellos no saben ni donde están parados, ellos no te conocen nada. Tú vas y te dicen que es un esguince, ellos a las zafaduras le llaman esguinces. Y no te arreglan los huesos. Porque no saben dónde está la postura de los huesos. Entonces te los dejan así noma. A una señora de Talagante se le zafó la mano, se la dejaron peor. Porque la manía más grande que tienen es meterle las manos en agua caliente, eso es lo más malo que puede haber. Porque los nervios son vivos, y en agua caliente se cuecen. Y eso pasa con el yeso también, cuando se lo ponen sin “arreglarse” antes. Porque con el yeso se resecan los tendones, entonces cuesta ordenar los huesos.

-¿Las personas que la ven, vuelven o les va bien con su tratamiento?
– Aquí hay como dos personas que se las dan, pero los hacen ir muchas veces. Conmigo solo una vez. Después les digo que se la tienen que aguantar. Cuando yo veo que es algo más complicado, que desconfió de algo, entonces les digo que se saquen una radiografía. Si no, le acomodo noma y altiro se siente el relajo. Acá siempre viene gente, preguntándome si les puedo enseñar. Yo les digo que no les puedo explicar, porque a mí no me lo explicaron. A mí no me lo enseñaron. Fueron solo mis manos las que se fueron.